¡¡Me como el mundo!!

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martes, 22 de marzo de 2011

Abuelos

Abuelos, tan mayores pero saben tanto. Cada uno es un libro, una historia sobre lo que han vivido, guerras, hambre, errores de los que han aprendido y murallas que se les han plantado en medio de su camino. Vivieron como pudieron, después tuvieron hijos y los trataron con todo el cariño del mundo, los querían más que a su propia vida y darían lo que fuera por ellos como cualquier padre hace con sus hijos. Más tarde nacieron los nietos y viven felices pudiéndoles ver crecer sanos y fuertes, desde que eran bebés hasta hoy. Hasta el día en el que la vida decide que uno de los dos debe irse a un lugar mejor... y es cuando se vuelve más complicada para la persona que se enfrenta con la soledad. Esta persona está en su casa haciendo croché, viendo la tele y mirando como el perro que es su única compañía juega tontamente dando vueltas por el jardín. Y así se pasa días y días esperando a que llegue algo, una novedad que acabe con tanta monotonía, la soledad es mala compañera. Compra golosinas para sus nietos y dulces para sus hijos cada día, esperando que de un momento a otro lleguen, pero no es así. Pasan días y días y solo ve a uno de sus hijos constantemente que va a su casa para arreglar cosas del trabajo. Así hasta que rara vez aparece el coche de su hijo que vuelve para encargarse de su trabajo, pero la abuela que está observando como el coche aparca en el mismo lugar de siempre se percata de que en el coche hay alguien más. Dobla el entrecejo y tapa el sol con la mano para poder ver quién es. Salen del coche los dos cuerpos y en ese momento distingue el segundo. Se trata de su nieta, hacía incluso meses que no la veía. Con tanta ilusión, la abuela va corriendo a su encuentro. Pasa por el portón, la saluda y le repite la frase que siempre le dice, "¡que mayor estás!", "¡que alegría verte, no te esperaba por aquí!". Y le da miles de besos. A continuación entran, le ofrece asiento a su nieta y le cuenta como está, su dolor de piernas, cotilleos del barrio... Y suelta comentarios que no se te borrarán nunca. "Le pido a Dios que me lleve pero no me hace caso, ¡yo ya no sirvo aquí para nada!, ¡solo les traigo problemas a los demás y a mi misma!" En ese momento no sabes que responder. Te quedas callada y bajas la mirada. Intentas cambiar de tema, acaricias al perro que pasa por allí olfateando e intentas preguntarle por cualquier otra cosa. Llega la hora de irse y te pide que le cojas algo del cajón, que seguro que tienes hambre. Se lo niegas, acabas de comer y no te apetece nada aunque después acabas aceptándolo. Te despides de ella y subes al coche mientras te dice adiós con la mano, "dale un beso a tu madre de mi parte". De camino a casa tu padre pregunta, "¿por qué coges esos dulces si no te los comes? Con razón se gasta tu abuela el dinero tan rápido, si solo se lo gasta en tonterías." El coche se queda en silencio y solo se escucha el motor y el ruido de fuera, piensas una respuesta y le contestas " Ella es feliz así, por mucho que quieras va a seguir comprándolos día tras día. Qué mejor que aceptarlo y valorar lo que hace por los demás; somos lo único que le queda."

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